Koralreef

An inconcluded life
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2003-12-22 16:23:25 (UTC)

aprender del fracaso

Todos hemos experimentado fracasos en nuestra vida
familiar, en los estudios, en el trabajo o los negocios, en
la formación de nuestros hijos, en nuestra relación con
Dios y cuando nos enfrentamos con nuestras propias
debilidades y pecados. La mayoría de las veces logramos
nuestros objetivos y sentimos gran satisfacción, pero otras
veces nuestra experiencia es muy distinta.

Piense por un momento en el fracaso del Hijo de Dios.
Jesús fue abandonado por sus discípulos, burlado y
ultrajado por sus enemigos y finalmente colgado en una cruz
como si fuera un criminal. Se ha detenido a pensar que,
desde el punto de vista humano, el fracaso de Jesús fue
increíblemente grande y desastroso. Pero, ¿cuál fue el
resultado de ese fracaso, de esa muerte? Sencillamente,
Cristo Jesús murió en la cruz para salvarnos de la muerte,
para abrirnos las puertas del cielo y para que
resucitáramos con El a la vida eterna. ¡Dios transformó el
fracaso de su Hijo en una gran victoria!

Esta es la mayor lección de nuestra vida. No puede haber
triunfos sin fracasos. Por eso decimos que no hay Domingo
de Resurrección sin Viernes Santo. No puede haber gloria
sin cruz. Nuestra mayor gloria no consiste en nunca caer,
sino en levantarnos cada vez que caigamos.

El fracaso se debe ver como lo que es: un maestro que nos
enseña nuestras debilidades y nos indica lo que tenemos que
hacer para perfeccionarnos, al igual que cualquier campeón
en alguna disciplina deportiva. Los fracasos nos conservan
humanos, humildes y nos ayudan a entender que, en verdad, no
somos Dios sino simples criaturas. Sólo hay un Dios que es
perfecto y santo. El hombre sabio e inteligente acepta la
derrota como la lección más valiosa. En cambio, los
orgullosos y altaneros nunca aprenden de sus fallas, porque
no las admiten.

El fracaso es la escuela del éxito. Una cosa es fracasar
en la vida y otra es ser un fracasado. El hombre que no
hace nada, que no se propone metas ni lucha por lo que
quiere no puede sentir que ha fallado, porque simplemente
no ha intentado siquiera hacer algo. Sin embargo, es un
fracasado total, porque el éxito real está en la lucha. Si
el fallo ha sido por intentar alcanzar metas elevadas y
grandes, ¡bendito sea el fracaso! Eso le hará pensar que
tiene metas y razones concretas por qué vivir y luchar.

Cualquiera que sean las circunstancias en la vida, un
fracaso no es el fin de la jornada, sino solamente un paso
a lo largo del camino. Cuando cometa un error, sienta
cierta cólera, pero no en contra de usted ni contra nadie,
sino contra el obstáculo que se le presentó y no pudo
superar. Haga que esa cólera se convierta en agresividad
positiva. Lo importante es la actitud, la forma de
enfrentarse a los problemas y obstáculos, el ver los
errores como lecciones y como escalones para la
superación. Si usted es una persona positiva, logrará que
cada fracaso se convierta en uno de los grandes bloques que
van dando forma a la estructura de su vida.

Si alguna vez la derrota toca a la puerta de su vida, su
tarea va a consistir en no rendirse nunca, sino en
levantarse y continuar esforzándose para aprender de sus
errores y vencer. Toda derrota es una bendición en
cierto modo, pues la vida no consiste en una sola
oportunidad, sino en muchas. Estudie cuidadosamente y
analice las razones por las que fracasa y así aprenderá a
tener éxito. La derrota es un acompañante cotidiano
que nos hace volver a evaluar nuestras metas para decidir
si son auténticas y si vale la pena el esfuerzo de seguir
luchando por ellas.

Usted debe aprender a superarse y crecer, porque una cosa
es que fracase en algo en la vida y otra es que sea un
fracasado. No permita que un fracaso destruya su
entusiasmo e iniciativa y acabe con su voluntad para
luchar. Comience cada día con un pensamiento motivador.
Piense que usted va a llevar a cabo todo lo que pueda
proponerse ese día y que Dios lo acompañará a realizarlo.
El Señor transformará sus posibles fracasos en grandes
éxitos.

Dios nos ama profundamente con un amor que hace surgir lo
mejor de nosotros. El no nos abandona cuando fallamos, sino
que está siempre con nosotros para que no nos desanimemos.
Con Dios podemos cambiar nuestra debilidad en fortaleza,
porque El nos ama, aún y a pesar de lo que hemos hecho.
Esto es algo verdaderamente maravilloso que nunca debemos
olvidar para conservarlo siempre en nuestra mente y nuestro
corazón. Recuerde que CON DIOS, SOMOS INVENCIBLES!


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