Koralreef

An inconcluded life
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2003-12-22 16:09:31 (UTC)

1000 cranes

Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era
nuevo. Como todos los chicos. Pero ellos eran nuevos en el
mundo. También, como todos los chicos. Pero el mundo era
ya
muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en
guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien qué era lo
que estaba pasando.
Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la
ciudad
japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo
modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y
tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de
arroz
que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las
reuniones familiares de cada anochecer en torno a las
noticias de la radio, que hablaban de luchas y muerte por
todas partes.

Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban
ansiosos cada día para descubrirlo.

¡Ah... y también se estaban descubriendo el uno al otro!
Se
contemplaban de reojo durante la caminata hacia la
escuela,
cuando suponían que sus miradas levantaban murallas y
nadie
más que ellos podían transitar ese imaginario senderito de
ojos a ojos.

Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto
de
los dos no buscaba las palabras. Estaban tan acostumbrados
al silencio... Pero Naomi sabía que quería a ese
muchachito
delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar por
darle a ella la ración de batatas que había traído de su
casa.

-No tengo hambre- le mentía Toshiro, cuando veía que la
niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el
mediodía.

-Te dejo mi vianda- Y se iba a corretear con sus
compañeros
hasta la hora de regresar a las aulas, para que Naomi no
tuviera vergüenza de devorar la ración.

Naomi...poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en
los
sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas
de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese
futuro quedaba tan lejos aún...El futuro inmediato de
aquella primavera de 1945 fue el verano, que llegó
puntualmente el 21 de junio y anunció las vacaciones
escolares.

Y con la misma intensidad con que otras veces habían
esperado sus soleadas mañanas, ese año los ensombreció a
los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezaran. Su
comienzo significaba que tendrían que dejar de verse
durante un mes y medio inacabable.

A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos una
de
la otra, sus familias no se conocían. Ni siquiera tenían
entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita.
Había que esperar pacientemente la reanudación de las
clases.

Acabó junio, y Toshiro arrancó contento la hoja del
almanaque... Se fue julio, y Naomi arrancó contenta la
hoja
del almanaque... Y aunque no lo supieran: ¡Por fin llegó
agosto! -pensaron los dos al mismo tiempo.

Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó,
junto con sus padres, hacia la aldea de Miyashima*. Iban a
pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas
que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su
local.

Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían
modelando la arcilla con la misma dedicación de otras
épocas.

-Para cuando termine la guerra..._decía el abuelo. -Todo
acaba algún día...- comentaba la abuela por lo bajo. Y
Toshiro sentía que la paz debía de ser algo muy hermoso,
porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente
cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a
él
se le aclaraban los suyos cuando recordaba a Naomi. ¿Y
Naomi?

El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de
soñar
que caminaba sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni
árboles a su alrededor. Un desierto helado y ella
atravesándolo.

Abandonó el tatami*, se deslizó de puntillas entre sus
dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación.
¡Qué
alivio! Una cálida madrugada le rozó las mejillas. Ella le
devolvió un suspiro.

El dos y el tres de agosto escribió, trabajosamente, sus
primeros haikus*

Lento se apaga el verano.
Enciendo lámpara y sonrisas.
Pronto florecerán los crisatemos.
Espera corazón.

Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó
dentro de una cajita de laca en la que escondía sus
pequeños tesoros de la curiosidad de sus hermanos.

El cuatro y el cinco de agosto se lo pasó ayudando a su
madre y a las tías. ¡Era tanta ropa que remendar!

Sin embargo, esa tarea no le disgustaba. Naomi siempre
sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido
lo que acaso resultaba aburridísimo para otras chicas.
Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas
veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que se
cumpliese.

La aguja iba y venía, laboriosa. Así quedó en el pantalón
de su hermano menor el ruego de que finalizara enseguida
esa espantosa guerra, y en los puños de la camisa de su
papá, el pedido de que Toshiro no la olvidara nunca... Y
los dos deseos se cumplieron. Pero el mundo tenía sus
planes...

Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de
Hiroshima. Naomi se ajustaba el obi* de su kimono y
recuerda a su amigo:- ¿qué estará haciendo
ahora?. "Ahora",
Toshiro pesca en la isla mientras se pregunta:- ¿Qué
estará
haciendo Naomi?.

En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo
de Hiroshima. En el avión, hombres blancos que pulsan
botones y la bomba atómica surca por primera vez un cielo.
El cielo de Hiroshima. Un repentino resplandor ilumina
extrañamente la ciudad.

En ella una mamá amamanta a su hijo por última vez. Dos
viejos trenzan bambúes por última vez. Una docena de
chicos
canturrea: "Donguri - Koro koro-DonguriKo..."*por última
vez. Miles de hombres piensan en mañana por última vez.
Naomi sale para hacer los mandados.

Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las
aguas
del río. Y medio millón de japoneses medio millón de seres
humanos, se desintegran esa mañana. Y con ellos
desaparecen
edificios, árboles, calles, animales, puentes y el pasado
de Hiroshima. Ya ninguno de los sobrevivientes podrá
volver
a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la
puerta de su casa, ni retomar ningún camino querido. Nadie
será ya quien era. Hiroshima arrasado por un hongo
atómico.
Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un sol
estallando.

Recién en diciembre Toshiro logró averiguar donde estaba
Naomi. ¡Y que aún estaba viva, Dios! Ella y su familia,
internados en el hospital ubicado en una localidad próxima
a Hiroshima. Como tantos otros cientos de miles que
también
habían sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera
ahora instalado dentro de ellos, en su misma sangre.

Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana. El
invierno
se insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabía si era
el
frío exterior o su pensamiento que lo hacía tiritar. Naomi
se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara
al techo. Con los ojos abiertos y la mirada inmóvil. Ya no
tenía sus trenzas. Apenas una tenue pelusita oscura.

Sobre su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel
desparramadas.

-Voy a morirme, Toshiro... -susurro, no bien su amigo se
paró, en silencio, al lado de su cama-. Nunca llegaré a
plegar las mil grullas que me hacen falta... Mil grullas o
Semba-Tsuru*, como se dice en japonés.

Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban
dispersas sobre la mesita. Sólo veinte. Después las juntó
cuidadosamente antes de guardarlas en el bolsillo de su
chaqueta.

-Te vas a curar, Naomi _le dijo entonces, pero su amiga no
le oía ya. Se había quedado dormida.

El muchachito salió del hospital bebiéndose las lágrimas.
Ni la madre, ni el padre ni los tíos de Toshiro (en cuya
casa se encontraban temporariamente alojados) entendieron
aquella noche él por que de la misteriosa desaparición de
casi todos los papeles que, hasta ese día, había habido
allí. Hojas de diario, pedazos de papel para envolver,
viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse
esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar.
Todos los mayores se durmieron sorprendidos.

En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro
velaba entre las sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza
de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se
incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían
acomodar las mantas.

Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de
papeles que había recolectado en secreto y volvió a su
lecho. La tijera la llevaba oculta entre sus ropas. Y así,
en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro
recortó primero novecientos cuadraditos y luego los plegó,
uno por uno, hasta completar las mil grullas que ansiaba
Naomi, tras sumarles las que ella había hecho. Ya
amanecía.
El muchacho se encontraba pasando hilos a través de las
siluetas de papel. Separó en grupos de diez las frágiles
grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el
vuelo, suspendidas como estaban de en un leve hilo de
coser, una encima de la otra

Con los dedos paspados y el corazón temblando, Toshiro
colocó las cien tiras dentro de su furoshiki* y partió
rumbo al hospital antes de que su familia se despertara,
por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de
sus primos.

No había tiempo que perder, imposible recorrer a pie, como
el día anterior, los kilómetros que lo separaban del
hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.

-Prohibidas las visitas a esta hora - le dijo una
enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno
de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga.

Toshiro insistió:

-Sólo quiero colgar estas grullas sobre su lecho. Por
favor...

Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el
chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma
aparente impasibilidad con que momentos antes le había
cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió que
entrar:

-Pero cinco minutos, ¿eh?.

Naomi dormía. Tratando de no hacer el mínimo ruidito,
Toshiro puso una silla sobre la mesa de luz y luego se
subió. Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el
cielorraso. Pero lo alcanzó. Y en un rato estaban las mi
grullas pendiendo del techo; los cien hilos entrelazados,
firmemente sujetos con alfileres.

Fue al bajarse de su improvisada escalera cuando advirtió
que Naomi lo estaba observando. Tenía la cabecita echada
hacia un lado y una sonrisa en los ojos.

-Son hermosas, Tosí-chan*, gracias...
-Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas. Y el muchacho
abandonó la sala sin darse vuelta.

En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el
recinto, mil grullas empezaron a balancearse por el viento
que la enfermera también dejó colar, al entreabrir por
unos
instantes la ventana. Los ojos de Naomi seguían sonriendo.

La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie
frente a la impiedad de los adultos. ¿Cómo podrían mil
frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en
su
sangre?


Febrero de 1976

Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en
Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de
sucursal de un banco establecido en Londres.

Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus
empleados
se atreve a preguntarle por qué, entre el aluvión de
papeles con importantes informes y mensajes telegráficos
que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre
se
encuentran algunas grullas de origami dispersas al azar.

Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento
en
que nadie consigue sorprenderlo.

Grullas desplegando alas en las que se descubren las
cifras
de la máquina de calcular...

Grullas surgidas de servilletitas con impresos de los más
sofisticados restaurantes...
Grullas y más grullas.

Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe
creer en aquella superstición japonesa.

-Algún día completará las mil... - cuchicheaban entre
risitas- ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su
escritorio?

Ninguno sospechaba, siquiera, la entrañable relación que
esas grullas tienen con la perdida Hiroshima de su niñez.
Con su perdido amor primero.

*miyashima: pequeña isla situada en las proximidades de la
ciudad de Hiroshima.
*haiku :breve poema de diecisiete sílabas, típica poesía
japonesa
*obi .faja que acompaña al kimono.
*Donguri- koro Verso de una canción popular japonesa.
*Semba Tsuru: mil grullas. Una creencia popular japonesa
asegura que haciendo mil grullas- según enseña a hacerlo
el
origami, se logra alcanzar larga vida y felicidad.
*furoshiki tela cuadrangular que se usa para formar una
bolsa.
*tosi-chan diminutivo de Toshiro

Yesterday I became the happiest woman in the world. It
had been so long since I had heard your sleepy voice!

Yet, I am still confused and overwhelmed about all the
events. I can’t live with the idea of sharing you however
I must learn how to live so. Yesterday, June 17, 2002, I
made a promise to you. A promise to you and life. A
promise that I will keep no matter what. I will be waiting
for you. Even if it does take five years.

I’ve had time to sit and make introspection. I’ve looked
deep inside me and I have learned many things in a very
little time. I have learned many things that happened
throughout a period of many years. 12 to be precise. And I
do regret about many things I have done. And my life will
not last long enough to say how sorry I am and how much I
regret.

I just hope that this is meant to be. I hope we can share
our lives together eventually… some day in life. I just
know that you brought a smile back to my face. You made me
feel those long lost butterflies in my stomach. You
removed feelings that were hidden deep inside.

All this has made me want to spend more time with myself.
To forget about certain commitments that I have with my
social life to think about happiness and love. But what is
love? Is real love happiness or pain? Can pain be
loveless? Must love be surrounded by pain always? I don’t
have the answer to those questions, but I am certain of
one thing: Life has taught me a lot about love and pain.
And as long as you are there, I will feel alive. I will
feel that there is hope that maybe, one day in life, we
will fulfill our main goal, that goal that life chose for
us: to be together until death depart us. I just wish time
passes by fast. Fast so that we can be together soon. But
how soon is soon? I wish soon would be next month, or next
week! But in reality, I know soon will be years.
Desperation kills me. And I wonder if you really read all
my letters?

You know that I am teaching history in ninth grade, did I
tell you? Well I hope I did because I love my job. Well
anyways, there is a story I want to tell you:

Sadako Sasaki, a young Japanese girl, on the threshold of
adolescence, developed leukemia in 1955, from the effects
of radiation caused by the bombing of Hiroshima. While
hospitalized, her closest friend reminded her of the
Japanese legend that if she folded a thousand paper
cranes, the gods might grant her wish to be well again.
With hope and determination, Sadako began folding…

I will tell you the end of the story some other time in
life. Remind me to do it though. The purpose of me telling
you this story is because starting today I will fold those
1000 cranes to have my wish come true. I wonder if you
know what is Origami? And I wonder if you know what is a
crane?

this is what it looks like

I know it is not clear, but that is it. It is like a very
beautiful bird, white, with long legs. It is kind of
sacred for the Japanese.

Well I will fold those 1000 cranes. When I finish folding
them, one per day, I will tell you the end of the story of
Sadako Sasaki.

I love you with all my heart. I will write shortly to you
tomorrow before going to my end of the year class trip
with the kids.

Kisses.

me


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